Durante mucho tiempo viví con la sensación de que el descanso llegaba después.
Como si parar fuera una recompensa.
Primero hacer. Después, si quedaba espacio, descansar.
Con el tiempo empecé a notar algo en el cuerpo.
Incluso cuando paraba, no terminaba de descansar del todo.
Y ahí empecé a comprender algo que no fue del todo cómodo reconocer:
No sabía descansar sin sentir que tenía que ganármelo primero.
Como si el descanso fuera un premio reservado para cuando ya no queda nada más por hacer.
Con los años he visto que no es solo algo mío.
Es algo que aparece una y otra vez en las mujeres que acompaño.
Y que muchas veces no saben cómo parar sin sentir culpa.
Pero el cuerpo no entiende de méritos.
El cuerpo entiende de ritmos.
Y cuando el cuerpo tiene espacio para bajar la guardia, empiezan a suceder cosas muy sencillas y muy profundas al mismo tiempo.
No porque hayamos hecho algo extraordinario.
Sino porque dejamos de empujarnos.
Por eso, cuando pienso en los retiros que facilito, no los pienso como una escapada.
Los pienso como espacios donde el descanso no tenga que justificarse.
Lugares donde no tengas que demostrar nada para poder parar.
Donde el cuerpo pueda recordar cómo se siente vivir desde otro ritmo.
Este año todavía quedan dos encuentros donde abrir esa pausa.
El Retiro de Primavera, un espacio más íntimo donde trabajamos desde el cuerpo, la escucha y la presencia, explorando precisamente esas partes nuestras que viven en la exigencia.
Y el Retiro en Azores, rodeadas de naturaleza y océano, donde el entorno nos ayuda a recordar algo muy simple: que también podemos vivir desde otro tempo.
Son espacios distintos, pero nacen del mismo lugar.
El deseo de crear pausas reales.
Rocío
